Delia Iaboni

4 min

El jardín de las palabras olvidadas: Una fábula sobre el afecto

Un cuento alegórico sobre cómo las palabras hermosas que dejamos de decir se marchitan y cómo podemos hacer florecer nuestras relaciones.
El jardín de las palabras olvidadas: Una fábula sobre el afecto

En el centro exacto del Valle de las Voces, existía una maravilla natural que viajeros de todos los rincones acudían a admirar: el Gran Jardín Botánico del Alma. A diferencia de los jardines comunes donde crecen rosas, jazmines y tulipanes de tierra, en este jardín florecían las palabras que los seres humanos se decían con verdadero amor.

Las flores que se alimentan del cariño verbal

Cada vez que una madre le decía a su hijo *"estoy orgullosa de ti"*, una hermosa flor de pétalos dorados brotaba en el sendero central. Cuando dos amigos se abrazaban y decían *"gracias por estar siempre a mi lado"*, enredaderas de jazmines fragantes escalaban los muros de piedra. El jardín era un espectáculo deslumbrante de color, luz y perfume celestial, cuidado con esmero por la jardinera mayor, una mujer sabia llamada Amalia.

Sin embargo, con el paso de los años, algo sombrío y preocupante comenzó a suceder en el valle. La gente del pueblo se volvió increíblemente ocupada con sus negocios, sus prisas cotidianas y sus teléfonos móviles. Empezaron a dar por sentado el amor de sus familias.

"Pensaban: 'Para qué le voy a decir a mi esposa que la amo si ella ya lo sabe', o 'Para qué agradecerle al abuelo su esfuerzo si siempre lo ha hecho'. Y con cada silencio, el jardín fue perdiendo su brillo." – Delia Iaboni

La gran sequía del silencio

Poco a poco, las flores doradas del orgullo comenzaron a marchitarse e inclinar sus tallos hacia el suelo. Las enredaderas de la gratitud perdieron sus hojas y se volvieron ramas secas y quebradizas. Una niebla gris y fría se instaló sobre el Valle de las Voces, y la gente empezó a sentirse extrañamente triste, distante y sola dentro de sus propias casas, sin comprender por qué.

Un día, un niño llamado Mateo, que extrañaba ver el jardín lleno de mariposas, corrió hasta la puerta de hierro forjado y encontró a la sabia Amalia regando con lágrimas un pequeño brote que apenas sobrevivía entre la tierra agrietada.

—Señora Amalia, ¿por qué se están muriendo nuestras hermosas flores? —preguntó Mateo con los ojos llenos de preocupación—. ¿Acaso se acabó el agua del río?

—No, pequeño Mateo —respondió Amalia con ternura, acariciando el cabello del niño—. El agua del río fluye como siempre. Lo que se ha secado es la fuente del afecto verbal. Las palabras hermosas que no se pronuncian se pudren en la garganta y dejan de alimentar el alma de quienes amamos. El amor silencioso que se da por sentado es como una semilla guardada en un cajón oscuro: nunca llegará a florecer.

La revolución de las palabras vivas

Impresionado por la verdad de la jardinera, Mateo corrió de regreso al pueblo como un pequeño mensajero de luz. Entró corriendo a su casa, abrazó a su madre por la cintura y le dijo con voz clara y fuerte: "¡Mamá, te quiero muchísimo y te agradezco por cuidarme todos los días!".

En ese exacto segundo, un eco mágico resonó en todo el valle y, en el Gran Jardín, un girasol inmenso y radiante brotó de la tierra reseca, esparciendo un perfume dulce por las calles del pueblo.

Los vecinos, al ver el milagro del girasol y la sonrisa luminosa en el rostro de la madre de Mateo, comprendieron instantáneamente la lección. Esa misma tarde, ocurrió la revolución más hermosa que el valle haya presenciado jamás: los hijos llamaron a sus padres mayores para decirles cuánto los extrañaban; los esposos se miraron a los ojos y se dedicaron palabras de admiración; y los vecinos se pidieron perdón por viejas rencillas.

Un jardín eterno en cada hogar

A la mañana siguiente, el Gran Jardín Botánico del Alma había resucitado con una gloria mil veces superior a la del pasado. Los colores eran tan vivos y brillantes que se podían ver desde las montañas más lejanas.

Esta fábula nos recuerda una verdad eterna: nunca asumas que los demás saben cuánto los amas; diles hoy, diles ahora, diles siempre. Tu voz y tus palabras de afecto son el agua viva que mantiene florecido el jardín del corazón de tus seres queridos.

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